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EDIFY | March 28, 2017

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Toledo. Duelo

Toledo. Duelo

Luchador social, ambientalista, promotor cultural, coleccionista y filántropo, Francisco Toledo (Juchitán, Oax., 1940) es ante todo un artista de excepción. No sólo lo es por concebir su deber ciudadano como un compromiso con la preservación de la memoria y el combate de las carencias, poniendo la educación y la cultura al alcance de todos. Sin parangón resulta asimismo su orden estético, porque en él la metamorfosis frenética –del reino animal y vegetal, del género humano, del relato de los orígenes, de la cultura oral indígena- culmina en una gran fábula jubilosa donde todo lo arrastra la sexualidad. Hace 20 años, Carlos Monsiváis vaticinaba: “Hay una evidencia: Toledo es también el autor de su tradición. Inventor de tradiciones: nada de lo que aparece en su obra había existido antes, ni leyendas, ni las paradojas del animismo visual, ni el arrejuntamiento del poder sexual de las tradiciones con la sensualidad de las formas.”

Desde los años 1980, Francisco Toledo no se había dedicado de lleno a la cerámica de alta temperatura. El centenar de piezas que presenta el MAM son de factura reciente; el autor las ha trabajado durante 2015 en el Taller Canela del maestro ceramista Claudio Jerónimo López en el Centro de las Artes de San Agustín (CaSa). Estas obras reúnen las cualidades de color, textura, materiales e imágenes que identifican el trabajo de Toledo y lo elevan a nivel de excelencia. Desde el punto de vista estético, hoy su aportación más expresiva a la cerámica es la paleta de rojos subidos, contrastados con tonos grafitos y ocres, que confieren al conjunto un acento dramático. Por otro lado, el barro, de relieves ásperos o lisos, está tratado de manera a resaltar lo dúctil de la materia y su capacidad a “encarnar” la anatomía y las emociones, además de poner al desnudo los procesos manuales de esta disciplina escultórica. Las imágenes, a su vez, evocan el acontecer cíclico de la creación en un registro trágico, pero al celebrar la vida en medio de la muerte, alientan a la esperanza.

En vasijas, cajas y platos de diferentes tamaños, la ronda de figuras concurre a una escenificación de lo mortuorio que reviste valor de ritual, como si la metáfora de lo aciago conllevara el efecto inmediato de la purificación. Convocan la noción de dolor los rostros defenestrados, las calaveras, las urnas, las cadenas. Como se acostumbra en la obra de Toledo, no pueden faltar los cuerpos, las cabezas, los huesos, los dedos, las vulvas, puntuados aquí y allá por un zapato usado o una cachucha raída. Todo aquello parece barrerlo un bestiario de perros, gusanos, murciélagos, cangrejos, mantarrayas, elefantes y pulpos. Gracias a su potente tenor emotivo, la obra de Toledo tiende puentes, abona a una verdadera conexión humana a través de la compasión. Para Francisco Toledo, la expresión artística sirve también para contribuir a la justicia. Creador de su tiempo, en esta nueva serie se inspira en los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa y en la violencia que vive actualmente nuestro mundo contemporáneo.

Hasta el 28 de febrero de 2016

 Textos e imágenes: MAM


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